En Afganistán hay 200.000 adictos al opio y la heroína, 50.000 más que en Estados Unidos
El opio se apodera de familias afganas
En Afganistán hay por lo menos 200,000 adictos al opio y la heroína: 50,000 más que en Estados Unidos, un país mucho más grande y más rico, según el departamento estadounidense de Salud
10/09/2009
Al abrir la puerta de la casa de Islam Beg, el humo espeso del opio
se escapa apresudaramente entre el aire frío de la montaña, como cuando
el agua evaporada escapa de un baño de vapor. Son apenas las ocho de la
mañana y la familia de seis - incluyendo un infante de un año - ya está
reunida alrededor de la pipa de opio. Según un reportaje de AP.
Beg, de 65 años, inhala el humo y lo exhala. Le pasa la pipa a su
esposa. Ella fuma y la pasa a su hija. La hija aspira el humo de opio y
lo exhala en la boca diminuta de su bebé. Los ojos del pequeño giran
hacia atrás. Sus rostros son delgados. Sus cabelleras lucen
enmarañadas. Tienen un olor peculiar.
En decenas de aldeas montañesas
de este remoto rincón de Afganistán, la adicción al opio se ha vuelto
tan fuerte que familias enteras - desde niños pequeños hasta ancianos -
son adictos. Aislados del resto del mundo por arroyos glaciales, la
adicción se mueve de una casa a otra, infectando comunidades enteras.
A partir de apenas una familia hace sólo unos años, por lo menos la
mitad de los residentes de Sarab, una población de 1.850 residentes,
son adictos ahora.
Afganistán suministra casi todo el opio que consume
el mundo, el ingrediente en bruto del que se crea la heroína. Aunque la
mayoría de la cosecha mortal se exporta, queda suficiente en el país
para crear un ciclo vicioso de adicción.
En Afganistán hay por lo menos
200,000 adictos al opio y la heroína: 50,000 más que en Estados Unidos,
un país mucho más grande y más adinerado, según el departamento
estadounidense de Salud y un estudio de Naciones Unidas de 2005. Se
espera que un estudio nuevo revele tasas de adicción aun superiores,
reflejando el costo humano de las guerras y la pobreza desesperada en
Afganistán.
"El opio es nuestra medicina", dice Beg.
"Cuando duele el estómago, se inhala el humo. Luego toma un poco
más, y un poco más, y entonces se vuelve adicto. Una vez que uno se
engancha, se terminó. Usted está acabado", admite. Cuando su nieto
Shamsuddin, de un año, se cortó el dedo en la jamba de la puerta, Beg
sopló humo de opio en la boca del niño, una práctica común en esta
parte del mundo que ahora está produciendo una adicción desenfrenada
entre los menores de edad. Beg dice que no quiere que su nieto se
vuelva un adicto, pero asegura que no tiene alternativa. "Si no hay
ninguna medicina aquí, ¿qué debemos hacer? La única manera de hacer que
se sienta bien es darle opio".
A partir de una sola inhalación, ellos avanzan hasta un hábito de
tres veces al día que se extiende a otras personas. Cuando Beg empezó a
consumir opio, no fueron sólo su esposa e hija quienes siguieron el
ejemplo. Fue su hermano y luego su cuñada. Como una epidemia, la
adicción avanza por el poblado. Los trabajadores sanitarios dicen que
para enfrentar el problema, necesitan darle tratamiento a toda la
comunidad.
El ministerio de Salud se llevó a 120 adictos de Sarab a un
centro que está a un día de recorrido. Tres meses después, detectaron
que 115 de los 120 habían recaído. Salvo por algunos tapetes sucios, la
casa de Beg no tiene nada. Ha empeñado todas las cosas de su familia
para comprar la droga. "Estoy avergonzado de lo que me he vuelto", dice
Beg, quien porta un turbante sin lavar en la cabeza. "He perdido el
respeto por mí mismo.
He perdido mis valores. Le quito el alimento a este niño para pagar
por mi opio", dice, apuntando a su nieto de cinco años, Mamadin. "Él
pasa hambre". Los antepasados de Beg eran los dueños de muchos de los
terrenos del poblado, localizado al lado de un arroyo al final de un
cañón de montañas escarpadas en la provincia de Badajsan, cientos de
kilómetros al noreste de Kabul, la capital de Afganistán.
Beg llegó a
tener 1,200 ovejas, pero las vendió una por una para pagar la droga.
Siguieron las propiedades. Su casa espaciosa, alguna vez cubierta con
alfombras ornamentales, dio paso a una casucha de barro. Cultiva
patatas en el último de sus campos y cada vez que cosecha tiene que
hacer una elección: alimentar a sus nietos o comprar opio. Normalmente,
se inclina por las drogas.
Después de vender sus tierras, algunas
familias acuden a medidas aun más desesperadas.
Piden préstamos de los tenderos que les venden drogas. Entonces
venden a sus hijas, conocidas como 'novias del opio', para pagar la
deuda. También arriendan a sus hijos. "Sé que él está enojado conmigo,
¿pero qué puedo hacer? No me queda nada para vender", dice Jan Begum,
quien envió a su hijo de 14 años a hacer trabajo de construcción para
los narcotraficantes. "Intenté detenerme, pero no puedo. Siempre que lo
hago, el dolor se vuelve insufrible". El problema lo comparten también
algunos países vecinos de Afganistán. Irán, justo al oeste, tiene la
tasa de consumo de heroína por cabeza más alta del mundo. Los
laboratorios de heroína allí, así como en Pakistán al este, usan opio
importado de Afganistán.
Estos países ahora están exportando la
adicción a la heroína a Afganistán en forma de refugiados.
En Sarab, los lugareños que no se han vuelto adictos mantienen
distancia de quienes lo son. No los invitan a sus casas y buscan evitar
que acudan a las reuniones del poblado. Es como si trataran de ponerlos
en cuarentena. Beg dice que para él está perdida toda esperanza.
Incluso después de que sea enterrado, pasarán 70 años para que el opio
desaparezca de sus huesos. Su esperanza, dice, son sus nietos, las
únicas personas de la familia que no son adictos todavía.
Mientras Beg
se droga en una mañana reciente, el nieto de un año gatea y empieza a
jugar con la pipa de opio. La recoge y agita, como si fuera un
cascabel. Entonces, imitando a su abuelo, levanta la pipa y se la pone
en la boca.



