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14 mayo 2021
El reto invisible
Por Maite Pena Rodríguez (Fundación Érguete-Integración) y Sandra Tatay Quintás (Fundación Salud y Comunidad). Integrantes de la Comisión de Inserción Sociolaboral de UNAD.

"Estamos al borde de una revolución tecnológica que modificará fundamentalmente la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos. En su escala, alcance y complejidad, la transformación será distinta a cualquier cosa que el género humano haya experimentado antes", afirmaba Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial de Davos, en su libro ‘La cuarta revolución industrial’. El impacto de esta revolución 4.0 dará pie a nuevos niveles de exclusión y desigualdad y nos planteamos, ¿el capitalismo y patriarcado manejan la cuarta revolución industrial?, ¿qué lugar tendrá la economía feminista?

Lo que sí ha quedado demostrado es que la pandemia ha acelerado la digitalización. La tecnología nos ha permitido seguir interactuando pese a las restricciones de movilidad. Ha avanzado el teletrabajado, las compras online y la digitalización de la administración pública, pero también se han agudizado los procesos de desconexión digital. La conocida como “brecha digital” ha afectado especialmente a aquellas personas con menos recursos tecnológicos y competencias digitales. Y el acceso por razón de sexo tampoco ha sido homogéneo. A raíz de la reducción de la atención presencial y la expulsión de algunos canales de acceso, la atención a la ciudadanía se ha transformado hacia el formato online.

Esta brecha digital la tenemos que contemplar tanto en términos de conectividad como de acceso a la tecnología o de habilidades y conocimientos para hacerlo. La mayor parte de la población cuenta con un dispositivo móvil, pero no todas las personas saben utilizar todas las aplicaciones ni disponen de las competencias suficientes para aprovechar todas las oportunidades que ofrecen. Cuando hablamos de ordenadores este porcentaje se reduce, dificultando el acceso laboral si la persona no cuenta con recursos: es muy complicado elaborar un currículo desde un dispositivo móvil, así como darse de alta en las distintas empresas de trabajo temporal o portales de empleo. Y este acceso se complica más cuanto mayores son las restricciones derivadas de la evolución de la pandemia. Por ejemplo, si cierran bibliotecas, aquellas personas que no cuentan con internet en sus hogares se quedan sin opciones de conectarse si tenían que recurrir a estos espacios públicos para ello.

La falta de competencias digitales no solo deja a la persona fuera de poder acceder a trámites relacionados con su situación personal, sino que también la deja atrás en los procesos de participación, de acceso a servicios básicos y de ejercicio de derechos que han pasado gran parte de sus gestiones del día a día al formato online. No obstante, una de las facetas más afectadas ha sido el acceso al mercado laboral, especialmente en aquellos ámbitos que ya están avanzando en la era 4.0. Se quedan fuera las personas que más lo necesitan por falta de recursos y, con ello, se acentúan y agravan las situaciones de precariedad, vulnerabilidad y riesgo de exclusión.

Esto ha generado que personas que ya se encontraban en una situación de desventaja hayan visto agravada su situación. Por ejemplo, las personas sin competencias digitales que han entrado en situación de desempleo y que, por falta de habilidad, han tenido dificultad para acceder a trámites imprescindibles para sostenerse en el día a día, como puede suceder con la tramitación de la prestación por desempleo.