22 octubre 2021
Nuestro lugar en la pandemia
Por Eugenia Gramage Máñez, vocal de UNAD Valencia

Todavía no ha pasado suficiente tiempo para evidenciar resultados de grandes estudios sobre las consecuencias de la pandemia. A las personas que trabajamos en la sociedad civil esto nos coloca en un lugar privilegiado. El privilegio de situarse en el lugar de quién no sabe y quiere saber. En el lugar de la duda, del cuestionamiento, y, sobre todo, de la humildad. Sin dogmas establecidos ni evidencias científicas que nos impidan cualquier planteamiento. Sin temor a que se nos niegue desde lo que ya está establecido, pero con la responsabilidad de hacer.

No fue difícil situarnos en el momento de irrupción de la pandemia, con sus problemas y las necesidades surgidas para actuar sobre ellos. No porque la tarea no fuese ardua, sino porque ya había un trabajo, realizado por un gran número de entidades que nos dedicamos a este ámbito, que no se vio interrumpido, solo enlentecido en algunos aspectos y apremiado en otros, y entorpecido por las circunstancias, como todos. Este trabajo continúa en marcha, porque no podemos hacer como si no hubiese pasado nada. Nos centramos en las necesidades del presente para mirar hacia el futuro teniendo en cuenta lo que nos había dejado el pasado.

Se trataba de poner palabras a aquello con lo que nos encontramos cada día: Listas de espera largas, tiempos de tratamiento cortos, cambios de perfiles, nuevas demandas, modelos obsoletos, falta de financiación. Se trataba de decir, pero también de que alguien nos escuchase. Y en este sentido, tenemos una interlocutora, la Administración, que nos escucha y se implica. Algo a lo que no estábamos acostumbradas con anteriores Administraciones.

Durante el confinamiento fuimos nombradas recursos esenciales. Algo muy importante, no solo por la seguridad que ello implicaba. Dejarnos caer en esos momentos hubiera sido muy fácil, y no hubiese sido la primera vez. Ser recursos esenciales implicaba el reconocimiento de ser necesarias y necesarios. La no negación.

Después nos situamos en el momento actual. Y volvimos a cuestionarnos los mismos problemas y necesidades. Eso sí, todo incrementado, acentuado, agravado y ya convertido en ineludible. Como si el virus hubiese arrancado un velo dejando al descubierto aquello que no se podía o no se quería ver. La pandemia si ha tenido el efecto de desvelar y agravar una realidad anterior a ella sobre la que es imprescindible intervenir. ¿Pero intervenir sobre qué?

Recuerdo la primera persona que demandó atención presencial me dijo una frase que me hizo replantearme todo: “Lo que estáis viviendo yo lo llevo viviendo muchos años”. Esa escucha, que tanto añoraba, me hizo ver. Me puso frente a la angustia de una persona que vive en su día a día una realidad diferente a la de la mayoría, la que todas y todos vivimos durante algún tiempo, y el sufrimiento que provoca la incertidumbre de no saber cuál será la realidad mañana. La sensación de la amenaza constante de algo contra lo que no puedes luchar, el sentimiento de impotencia, la fragilidad.

Había cierta ilusión en que los dos mundos, “el de quienes sois normales y el de quienes son como yo”, empezaran a converger. Ni que decir tiene que conforme nos hemos ido acercando a la normalidad, dicha ilusión se ha quedado en eso, en ilusión. Ha tomado el significado de enajenación. Esa misma frase, dicha con otras palabras, la he oído durante este tiempo en más personas usuarias. Para ellas y ellos no era nada nuevo que se les dijese cómo, cuándo y con quién tenían que actuar. Qué estaba bien y qué estaba mal, qué medidas tenían que tomar para organizar su vida y ser normales.

¿Cuál ha sido entonces el aprendizaje y qué no debemos relegar al olvido? Hemos aprendido que todas las personas somos vulnerables, frágiles y que ello conlleva sufrimiento. Necesitamos contacto real, una realidad a la que aferrarnos. Llevamos casi dos años y aún no nos hemos curado. Hemos aprendido que la cura necesita de tiempos largos, no sirve la inmediatez.

Necesitamos la esperanza que tienen esas y esos jóvenes que arremeten contra todo cuando no tienen fe de encontrar un trabajo, una economía que les permita independizarse, individualizarse, madurar. La mentira del futuro fácil que se les prometió les condena a no tener futuro. En algunos casos, sin armas para tolerar la frustración, han visto sumirse sus hogares en la pobreza, porque sus familias se quedaron en la cuneta en la crisis de 2008. En otros casos se les prometió un buen futuro con la única condición de tener estudios. En trece años hemos vivido una crisis y una pandemia. Eso para una persona joven es media vida. Para una adolescente, prácticamente la totalidad. Esta generación ha crecido en una sociedad en la que prima el consumismo, la inmediatez, la competitividad en vez de la competencia, las nuevas tecnologías que merman las habilidades sociales y el hablar cara a cara. El no saber decir.

No se trata de justificar. Ni toda la juventud actúa así, ni la totalidad de la que actúa así ha tenido estas circunstancias. Se trata de intentar entender, porque solo entendiendo un problema se puede llegar a su solución.

¿Qué hacer con todo esto? ¿Cuál es nuestro lugar? Desde lo individual, la escucha. Escuchar las demandas de aquellas personas que aun siendo negadas por lo establecido desde hace tiempo pudieron encontrar un espacio donde decir. Desde lo colectivo, la palabra. Reivindicar las condiciones adecuadas para que toda persona pueda tener un espacio para poder ser escuchada, ser reconocida. Para poder decir.